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Jugar a la guerra para no hacer guerra

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Columnista invitado: Hans Rothgiesser


Como un apasionado por la arquitectura sería recordado el Rey Federico Guillermo IV de Prusia, gracias a su mecenazgo y a los varios proyectos que realizó en estrecha colaboración con arquitectos como, por ejemplo, la Antigua Galería Nacional (Alte Nationalgalerie) o el palacio de la Orangerie (Orangerieschloss). Pero hay un sobrenombre por el que sería aún más reconocido, y este es el de “romántico en el trono”.

Durante su reinado hubo una serie de revoluciones que lo llevaron a poner mano dura, lo que a su vez llevó al Parlamento de Frankfurt a ofrecerle en 1849 el título de Emperador de Los Alemanes (Kaiser der Deutschen). Él, fiel a su nostalgia por el antiguo Orden, no lo aceptó por creer que carecían del derecho de hacer tal oferta. Por el contrario, decidió seguir apoyándose en la fuerza militar para resolver el conflicto.

Pero esa seguridad del Rey en la victoria de su ejército no era gratuita. Años antes, en 1824, siendo aún príncipe de Prusia, invitó a la corte a Georg Heinrich Rudolf Johann von Reisswitz, quien luego sería oficial del ejército prusiano. Reisswitz había perfeccionado un juego de guerra bastante realista y precursor en su género. De hecho, a Reisswitz se le suele reconocer como el autor del primer sistema de juego de guerra usado como herramienta de entrenamiento y de investigación.

La idea original del juego no había sido de Reisswitz, sino de su padre quien comenzó a desarrollar el sistema en 1812 y lo presentó a la familia real prusiana como un regalo. Éste ciertamente fue un regalo exitoso, pues la familia lo solía jugar con regularidad. Pero la esperanza del padre de Reisswitz de perfeccionarlo se vio truncada por las guerras napoleónicas. Para 1815, cuando éstas terminaron, ya había perdido el interés en su creación.

Pero no Reisswitz: Él siguió trabajando en él con la ayuda de otros oficiales jóvenes, captando la atención del príncipe, quien se unió al equipo. Así fue como en 1824, éste invitó a Reisswitz a demostrar la nueva versión del juego al Rey y a su hombre de confianza, el General von Muffling. Ambos estuvieron impresionados por el nivel de detalle y la lógica de las reglas, al punto de decidir que fuera usado como herramienta de entrenamiento para los oficiales del ejército. Se le brindó apoyo para instalar un taller de producción en masa y distribución del juego. También organizó con frecuencia sesiones de juego para oficiales, e incluso en una ocasión para la corte de Rusia. Por todo este aporte, el Rey le dio la orden de San Juan como recompensa.

En términos concretos, Reisswitz no inventó el primer juego de guerra. La historia le reconoce ese honor a su compatriota Johann Christian Ludwig Hellwig en 1780. El de Reisswitz, sin embargo, fue el primero en ser tomado en serio por oficiales militares por su nivel de realismo y de sofisticación. Incorporaba adelantos en cartografía y estadística para que las batallas sean más interesantes. A Reisswitz no le gustaba que su creación fuese llamada “juego”. No obstante, se lamentaba públicamente de que no hubiera otra palabra para describirla.

Se ha seguido perfeccionando estos juegos de guerra incorporando nuevas tecnologías. Actualmente, por ejemplo, la Corporación Rand en Estados Unidos desarrolla juegos modernos de guerra para ayudar en comprender los procesos de toma de decisiones en momentos críticos de conflictos bélicos.


Economista de la Universidad del Pacífico con maestría en periodismo por la Universidad de Gales (Reino Unido). Actualmente miembro del Consejo Consultivo del Grupo Stakeholders.