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Ciencia poética al servicio de la programación

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Columnista invitado: Hans Rothgiesser


Hay personajes históricos que son más grandes que su propia vida. Que tienen un impacto tal en tantas distintas áreas que evidencia cómo ser innovador muchas veces es algo que está impregnado en su ADN, en su mera médula. Ada Lovelace (1815-1852) fue uno de esos personajes. En una época en la que la sociedad ponía todo tipo de obstáculos al desarrollo de las mujeres que querían llegar más allá de los límites establecidos, ella logró aportar en varias áreas. No solo fue matemática y escritora, sino que también es considerada por muchos como la primera programadora de la historia del mundo.

Estos logros son aun más notorios si se considera que era hija de dos gigantes que llamaban mucha atención—el celebérrimo poeta Lord Byron y la matemática Anna Isabella Noel— y de haber trabajado con otro gran histórico innovador —el “polimatemático” Charles Babbage, considerado como el padre de las computadoras—. Ada fue la primera en reconocer que la invención de Babbage, la Máquina Analítica, tenía aplicaciones que sobrepasaban las de puro cálculo matemático. Ella publicó el primer algoritmo, pensado para ser aplicado en dicha máquina. Por esta publicación es que la consideran la primera programadora de la historia de la humanidad.

Su madre la motivó a seguir el camino de las matemáticas, porque temía que se volviera loca como su padre —aunque la demencia de Lord Byron fuese una impresión suya—, y Ada ciertamente tuvo un talento para dicha disciplina. Así como su padre se rodeaba de poetas y artistas, Ada se rodeaba de científicos y matemáticos. En su vida conoció al revolucionario Michael Faraday, al pionero Andrew Crosse y al inventor David Brewster, entre otros. Incluso se casó con un científico y diplomático, William King. A la corta edad de 18 años comenzó a colaborar con Babbage, quien la llamaba “la hechicera de los números”. Previamente el matemático Augustus De Morgan ya había hecho público su agradecimiento a Ada por su ayuda en su estudio de tópicos avanzados de cálculo, incluyendo números de Bernoulli, material que usó luego en su algoritmo para la Máquina Analítica.

Su contribución no se limitó a expandir las posibilidades de la Máquina Analítica, sino que en sus notas se puede apreciar que proponía la aplicación de lo que llamaba “ciencia poética” para imaginar cómo podrían contribuir estos adelantos a la sociedad. Ada opinaba que la intuición y la imaginación serían críticas para avanzar las matemáticas y el conocimiento científico. Esto en una era en la que se pretendía que la ciencia fuese total y completamente objetiva y ajena a los sentimientos y las pasiones. Ada proponía que con esta “ciencia poética” podríamos ver los mundos invisibles que están a nuestro alrededor, para buscar alcanzarlos.

Sus ideas siguen siendo discutidas mucho tiempo después. En una de sus notas, por ejemplo, descalifica a la inteligencia artificial, diciendo que la Máquina Analítica solo podría ejecutar lo que nosotros le digamos que haga, que no podría generar nada por su cuenta. No puede anticipar relaciones o verdaderas. Esta posición ha sido motivo de muchos debates. Alan Turing, por ejemplo, mucho después ha pretendido demostrar que estaba equivocada.

Murió apenas a los 36 años. Solo nos queda imaginar todo lo que habría podido lograr si vivía unas décadas más. Todas las maravillas adicionales que habría podido aportar al mundo. Quizás habría podido terminar su modelo matemático para entender cómo el cerebro humano arroja pensamientos y sentimientos. O quizás habría podido hacer las contribuciones al entendimiento del funcionamiento del magnetismo, un tema sobre la que había comenzado a publicar. O incluso la producción desconocida que mencionó en cartas con la que pretendía exponer una relación entre las matemáticas y la música. Nunca lo sabremos.


Economista de la Universidad del Pacífico con maestría en periodismo por la Universidad de Gales (Reino Unido). Actualmente miembro del Consejo Consultivo del Grupo Stakeholders.